25/1/10

Rodrigo Escobar – Holguín


Poeta, ensayista y traductor colombiano. Arquitecto (Universidad del Valle) y magister en planeamiento regional y urbano (Universidad de Edimburgo). Nacido en Florida, Valle del Cauca, en 1945. Obtuvo su primer premio en poesía en un concurso entre alumnos de la Universidad del Valle en 1965. En 1983 ganó el tercer premio del Concurso Nacional de Poesía del Departamento Administrativo del Servicio Civil;  en 1984, el primer premio. En 1987 ganó el premio nacional de poesía de la Casa de la Cultura de Montería. Es un estudioso de las literaturas orientales, en especial de la china y la japonesa. Ha traducido a poetas bengalíes, chinos, japoneses, húngaros. Hasta 2008 ha publicado dos libros de poesía propia “Obrador de versos” (1991), “Ocaso en Copán” (2002),   y dos de traducciones (El reverso de la luz: cuatro poetas húngaros”(1999) y “Para el corazón que no duda – breve antología del Haiku japonés” (2005) además de ensayos en revistas. Vive en Cali.





El mundo de la palabra hermosa


Es inmenso ,  redondo como un plato.

En él navegas sin peligro
junto a tus más amadas islas,
pero si te aventuras hacia lejos,
te esperan  monstruos anhelantes:
se nutren de viajeros temerarios,
que arrastran al abismo.

Quienes han ido mar adentro
muy rara vez regresan.

Los que han vuelto se esconden en silencio,
o se dedican a otra cosa.


El Baño de las Serpientes


En desagravio por un odioso nombre de lugar

puesto en el Huila  por un colombiano y un español

en la primera mitad del siglo XX


Amanece y es fría la roca de granito.

A la media mañana ya el sol la ha calentado,
y van llegando las serpientes,
las ranas, los lagartos
a recobrar el brío
que les robó la noche.

Uno por uno
se zambullen después en el arroyo
y vuelven a la roca.

Luego de un tiempo
desaparecen.

De lejos los humanos asombrados
contemplan los rituales
de los dioses reptiles.

Los escultores sueñan.

Llegan a oír al agua susurrando
su amor por esa dura corteza donde fluye.
Cómo quisiera quedar en reposo
sobre la superficie.

Cómo hacer duradera la caricia
de la peña, del viento, del sol y de las aguas
sobre los verdes cuerpos de la vida.

Sueñan cambios de piel sobre la piedra
en un baño sagrado.

Ya despiertos comprenden
la labor necesaria.

Las formas van surgiendo.
Aparecen estanques y canales.
El granito se puebla de recuerdos de dioses.
Ya no es apenas una roca –
es un lugar de ceremonias,
un sitio de mudanzas bajo el cielo –

y los reptiles vuelven y lo habitan.



Labores transeúntes

1

Soy una araña.

El viento, los fantasmas y la noche
me acompañaron
a tejer esta red entre las hierbas,
esta estrella de seda.

La hostil piedad de la neblina
ha puesto en ella alertas de rocío.

El sol radiante verá mi homenaje,
y volverá invisibles
mis artes cazadoras.

2

El sol reciente palpa
las curvas de las lomas.

Un vaho se levanta de la tierra
contra la luz, velando la ladera.

Han desbrozado ayer  el campo.

No hay hojas verdes ya para el rocío,
sino trampas de seda.

Toda la noche las arañas
han estado tejiendo entre los restos
de helechos y de moras.

Y las gotas se quedan irisando
en las artes translúcidas.  

Pero las cazadoras
buscan más que esas joyas cristalinas.

Todo termina cuando
llegan las ruedas de las carretillas
y las húmedas botas
de los que vienen a iniciar la siembra.

3

Soy una araña.

La noche compañera
renueva en su alambique
recuerdos, frases, experiencias.

Con los hilos del sueño
voy tejiendo palabras en el alba.


Wadaiko


Bailan tambores
suena el mar en las rocas
el sudor brilla

recuerdos en los ojos
de paisajes distantes

Entre las olas
la sombra de los truenos
relampagueo

de flautas entre el ritmo
ágil de los rompientes

Una voz vibra
convocando a los vientos
sobre la escena

Un tifón se desborda
en la noche corpórea


Caracas

Una mulata baila.

Se hizo mujer danzando desde niña.

Su ropaje de nieblas, harapos y retazos
cubre a medias un brillo
de sudor en la piel y pedrería.

Ignora los ayeres;  de mañana
conoce un sol temprano y el rocío.

Sus joyas tienen formas y nombres de carnívoros.

Largas cintas y cuentas de colores
palpitan con el ritmo de su cuerpo.

Ciertas tardes, un vaho de lluvia la refresca;
sabe que tras los montes
el mar la está esperando.




El pintor de los cielos cotidianos


Arma temprano en el taller un palio
tan grande que lo debe colgar del cielo raso.
Comienza con paleta de oro y gris, azul, rosas.
Después borra los rojos y no deja
sino al sol. Y comienza sus incansables juegos
de nubes. El espacio se le llena
de pentimentos blancos y de tonos fugaces.
A veces lo resuelve por un tiempo en azules.
Al mediar de la tarde, cambia la luz a oblicua;
vuelve a sacar el oro y pone un borde
brillante a los más turbios altocúmulos.
Luego le da la trágica y acude a los violetas.
Hace una fiesta última de cálidos y fríos
entre fucsia, naranja, gris profundo, y decide
un remate de negro marfil y ultramarino.
Allí culmina su ejercicio con estrellas
en un fondo turquí, mas unos cuantos
ecos de luminarias urbanas en las nubes.