16/12/09

Álvaro Burgos Palacios




Nació en Bogotá. Vive y trabaja en Cali.
Magister en Estudios Políticos, Pontificia Universidad Javeriana, Cali. Especialista en Mercadeo de la Universidad Icesi, Cali. Abogado de la Universidad del Cauca, Popayán.
Se desempeñó como director de Comunicación y prensa de Tecnoquímicas, Cali.
En poesía ha publicado Algarabía, Ediciones El canto de la cabuya, Cali, 1991. Aparece en Quién es quién en la poesía colombiana, Ministerio de Cultura, El Áncora, Bogotá 1998; Antología de la poesía colombiana, Biblioteca Familiar, Presidencia de la República, 1996; Panorama (inédito) de la nueva poesía en Colombia, Procultura, Bogotá, 1986; Antología de grandes reportajes colombianos, selección de Daniel Samper, cinco ediciones; Obra en marcha, La nueva literatura colombiana, Colcultura, Bogotá, 1975 y Cesta de recuerdos y otros cuentos, Instituto Cultural de Popayán, Popayán, 1974.
Elaboró en El Tiempo, abril de 1967, la primera antología que bautizó la Generación sin nombre.


 Fuego soleado

Como curvatura de violín
se dibujó tu cintura,
camino al lecho bajo el sol.
Despreocupada y feliz,
regalabas,
como un don bajo el fuego soleado,
la belleza de tu cuerpo,
apenas descubierto.
Lo sabías.




Habitaré tu cuerpo

Tú, la que congregas las aguas;
La que escoge arenas como disponiendo un lecho;
La que hila cadáveres de mariposas;
Enraiza las semillas y practica el hondo rito.

La mujer exacta para guardar con ella los cofres de la memoria
Y partir navegando
Como si tras la verificación del dolor,
El itinerario de abandonadas noches,
El inclemente filo de la angustia que
Se agazapó por las paredes,
Enunciara
el primer augurio:
Esta subordinada aceptación de la soledad.



Como un caballo de reyes

Estoy imaginándote entrar al agua.
Me basta el nombre de tu cuerpo,
la soberana presencia de tu nuca
que todo lo gobierna. Para que estallen piernas y senos contra la gobernada marea que todo lo hará diamantes de oro.
Te veo como si cada pierna poseyera
el fuste de un templo del alto Egipto
y las cóncavas vehementes de tu cintura fueran los recodos de una virgen núbil escapada sobre un caballo de reyes.
El empuje de tus caderas puede arrastrar un buque de madrugada.
No he terminado de morir
por el vigor de tus nalgas esféricas
o la indócil cobertura de tu cabello.
Para viajar por las honduras de tu vientre sólo tengo que ver el engranaje
que concluye en tu ombligo.
Para saber de ti,
debo alzar la mirada
encima del océano
y eres toda poder, toda belleza,
toda alegría de estar viva.



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